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La duda te hará libre...



Tener confianza en algo es bueno, tener dudas....también... porque quién no duda no conoce nada nuevo, no evoluciona, no madura...

Sé bien que no es el momento, que tendrás una incómoda sensación de lo discutido conmigo... al momento será rechazada, es lo esperable, pero cuando calmen las aguas el ser humano, curioso y deseoso de saber morderá la manzana, será consciente de su desnudez, dejará para siempre el paraíso infantil y será un nuevo ser... sufrirá por saberse realmente libre, por ser consciente de que el amor más infinito es el que brota de nuestra naturaleza humana, que nadie más que nosotros estropea o puede arreglar los problemas... ¡es sin duda la más grande responsabilidad!..... Solo a la altura de los verdaderos humanos de nuestro tiempo, la avanzadilla, los que miran al frente y orientan al resto, los que no temen la verdad… por dura que esta sea...por bella que sea.

No hay pecado mayor que vivir sin haber vivido...

No sigas mis consejos, sigue a tú conciencia, sin miedo... muchos ya sentimos el vértigo...pero saltamos de nido y ahora volamos, volamos..... volamos.

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¿Qué si la psicoterapia sirve para algo?!!!

Posted by Daniel on 10:39 in , , , , ,

De nuevo un artículo sobre un libro y un autor bastante patéticos con el solo objetivo de buscar polémica:

¿Ir al psicoterapeuta sirve para algo?
No sé si recomendarles que lean antes dicho artículo porque les puede entrar ganas de rasgarse las vestiduras antes tamaña abominación.

Aclaramos:
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1º ¿Qué es un psicoterapeuta?

Pues cualquiera que se autoproclame así. Lo que hay que aprender ya de una vez es a no confundir a un Licenciado en Psicología de un Psiquiatra. El primero estudia en profundidad la conducta humana y sus fundamentos psicibiosociológicos y su intervención abarca toda actividad humana (problemas de conducta, sexualidad, educación, asistencia de urgencias, peritajes...), el 2º es un medico especializado en enfermedades mentales graves(esquizofrenia...) Por tanto, el autor del libro es un vago o un ignorante por no especificar si se trata de uno u otro... o un cobarde o resentido.

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Dice: "parece que ir al psicoterapeuta está de moda"

A ver, a mi no me ha parecido nunca que nadie que venga a consulta lo haga porque está de moda. Viene generalmente cuando ya está lo suficientemente mal como para gastarse un dinero que le cuesta mucho pagar(más quisiera yo que hubiera un trato de más calidad en la sanidad pública).

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Dice: "Rolf Degen, prestigioso psicólogo alemán, no. Más aún: puede llegar a ser peor acudir a terapia que no hacerlo".

A ver este tal Rolfito es un don nadie. Llvo años es la formación de tratamientos, evaluación, habiidades terapeutas, eficacia del tratamiento, etc.. y este no lo conoce ni su madre. Además aquí se está tratando al psicólogo de una orientación concreta (psicoanalista) que es una escuela que no se preocupa por corroborar científicamente sus trabajos. Cosa que sin duda es la excepción como lo confirman los cientos (en España) de investigadores de las Facultades de Psicología.

Además el don nadie que ha hecho ese libro pretende ir en contra de la evidencia demostrada en miles de estudios en los últimos años que han dado lugar a "Guías de Tratamientos Psicológicos Eficaces" aprobada por la Organización Mundial de la Salud y que el paciente lector podrá encontrar aquí: http://www.psicothema.com/tabla.asp?Make=2001&Team=1003

O verlos todos reunidos en los poderosos 3 volúmenes de esta revisión científica: http://www.casadellibro.com/libro-guia-de-tratamientos-psicologicos-eficaces-t-ii-psicologia-de-la-salud/930025/2900000949141

Que sin duda contradicen el actualísimo Psychological Bulletin del 79 hecho a saber tú con quién y bajo qué condiciones.
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En fin un libro penoso, de un autor penoso, con el solo objetivo de sacar pasta con el morbo.

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Ah!! y todo lo que digo tiene sus fuentes. Aquí están:

APA. (1992). Ethical Principles of Psychologists and Code of Conduct: Available on the World Wide Web: http://www.apa.org/ethics/code.html.

Barlow, D. H. (1996). Health Care Policy, Psychotherapy Research, and the Future of Psychotherapy. American Psychologist, 51(10), 1.050-1.058.

Beutler, L. E. (2000). Empirically Based Decision Making in Clinical Practice. Prevention & Treatment, 3 (Article 27), Available on World Wide Web: http://journals.apa.org/prevention/volume3/pre0030027a.html.

Bohart, A. C., O’Hara, M., & Leitner, L. M. (1998). Empirically violated treatments: Disenfranchisement of humanistic and other psychotherapies. Psychotherapy Research, 8, 141-157.

Chambless, D. L., Baker, M. J., Baucom, D. H., Beutler, L. E., Calhoun, K. S., Crits-Christoph, P., Daiuto, A., DeRubeis, R., Detweiler, J., Haaga, D. A. F., Johnson, S. B., McCurry, S., Mueser, K. T., Pope, K. S., Sanderson, W. C., Shoham, V., Stickle, T., Williams, D. A., & Woody, S. R. (1997). An Update on Empirically Validated Therapies II : American Psychological Association. Referencia en Internet: http://www.apa.org/divisions/div12/est/97REPORT.SS.html.

Chambless, D. L., & Hollon, S. D. (1998). Defining empirically supported therapies. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 66(1), 7-18.

Chambless, D. L., & Ollendick, T. H. (2001). Empirically Supported Psychological Interventions: Controversies and Evidence. Annual Review of Psychology, 52, 685-716.

COP. (1993). Código Deontológico del Psicólogo: Disponible en la World Wide Web: http://www.cop.es/cop/codigo.htm.

COP. (1998). Psicología Clínica y de la Salud. In COP (Ed.), Perfiles profesionales del psicólogo (pp. 22-56). Madrid: COP.

Crists-Christoph, P., & Mintz, J. (1991). Implications of therapist effects for the design and analysis of comparative studies of psychotherapies. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 59, 20-26.

Crits-Christoph, P. (1997). Limitations of the Dodo Bird Verdict and the Role of Clinical Trials in Psychotherapy Research: Comment on Wampold et al. (1997). Psychological Bulletin, 122(3), 216-220.

Echeburúa, E., Corral, P., & Salaberría, K. (1998). Terapia de conducta y tratamientos psicofarmarcológicos. In M. A. Vallejo (Ed.), Manual de Terapia de Conducta (Vol. 1, pp. 133-165). Madrid: Dykinson.

Elliot, R., & Morrow-Bradley, C. (1994). Developing a working marriage between psychotherapists and psychotherapy researchers: Identifying shared purposes. In P. F. Tally, H. H. Strupp, & S. F. Butler (Eds.), Psychotherapy research and practice: Brindging the gap . New York: Basic Books.

Even, C., Siobud-Dorocant, E. & Dardennes, R.M. (2000). Critical approach to antidepressant trials. Blindness protection is necessary, feasible and measurable. British Journal of Psychiatry, 177, 47-51.

Eysenck, H. J. (1952). The effects of psychotherapy: An evaluation. Journal of Consulting Psychology, 16, 319-324.

Garb, H. N. (1998). Studying the clinician: Judgement research and psychological assessment. Washington D.C.: American Psychological Association.

Garb, H. N. (2000). On Empirically Based Decision Making in Clinical Practice. Prevention & Treatment, 3 (Article 29), Disponible en la World Wide Web: http//journals.apa.org/prevention/volume3/pre0030029c.html.

Garfield, S. L. (1998). Some comments on empirically supported treatments. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 66(1), 121-125.

Goldfried, M. R., & Wolfe, B. E. (1998). Toward a more clinically valid approach to therapy research. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 66(1), 143-150.

Hayes, S.C., Strosahl, K.D. & Wilson, K.G. (1999). Acceptance and Commitement Therapy. An experiencial approach to behavior change. New York: Guilford.

Kendall, P. C. (1998). Empirically supported psychological therapies. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 66 (1), 3-6.

Kopta, S. M., Lueger, R. J., Saunders, S. M., & Howard, K. I. (1999). Individual Psychotherapy Outcome and Process Research: Challenges Leading to Greater Turmoil or a Positive Transition? Annnual Review of Psychology, 50, 441-469.

Labrador, F. J., Echeburúa, E., & Becoña, E. (2000a). Los tratamientos psicológicos hoy: La búsqueda de la idoneidad. In F. J. Labrador, E. Echeburúa, & E. Becoña (Eds.), Guía para la elección de tratamientos psicológicos efectivos: Hacia una nueva psicología clínica . Madrid: Dykinson.

Labrador, F. J., Echeburúa, E., & Becoña, E. (2000b). Posibilidades de convergencia e integración entre las psicoterapias. In F. J. Labrador, E. Echeburúa, & E. Becoña (Eds.), Guía para la elección de tratamientos psicológicos efectivos: Hacia una nueva psicología clínica . Madrid: Dykinson.

Messer, S. B. (2000). A Psychodynamic Clinician Responds to Fishman’s Case Study Proposal. Prevention & Treatment, 3. Disponible en la World Wide Web: http://journals.apa.org/prevention/volume3/pre0030009c.html.

Mintz, J., & Crits-Christoph, P. (1996). Efficacy and Effectiveness of Psychotherapy: Two Paradigms, One Science. American Psychologist, 51(10), 1.084-1.085.

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Norcross, J. C. (2000). Toward the Delineation of Empirically Based Principles in Psychotherapy: Commentary on Beutler (2000). Prevention & Treatment, 3 (Disponible en la World Wide Web: http://journals.apa.org/prevention/volume3/pre0030028c.html).

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Prochaska, J.O. & DiClemente, C.C. (1982). Transtheoretical therapy: Toward a more integrative model of change. Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 19, 276-288.

Schneider, K. J. (1998). Toward a Science of the Heart. Romanticism and the Revival of Psychology. American Psychologist, 53(3), 277-289.

Seligman, M. E. P. (1995). The Effectiveness of Psychotherapy: The Consumer Reports Study. American Psychologist, 50(12), 965-974.

Seligman, M. E. P. (1997). Afterword - A Plea. In P. E. Nathan & J. M. Gorman (Eds.), A guide to treatments that work . New York: Oxford University Press.

Task Force on Promotion and Dissemination of Psychological Procedures (1995). Training in and dissemination of empirically-validated psychological treatment: Report and recomendations. The Clinical Psychologist, 48, 2-23.

Wampold, B. E., Mondin, G. W., Moody, M., Stich, F., Benson, K., & Ahn, H. (1997). A meta-analysis of outcome studies comparing bona fide psychotherapies: Empirically «all must have prizes». Psychological Bulletin, 122(3), 203-215.
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¿Falacias en Psicología?

Posted by Daniel on 11:21 in , ,

Sobre lo fácil que es confundir un libro de Psicología (de divulgación) con mierdilibros comerciales que se aprovechan del tirón de la Psicología para vender idioteces al humilde personal.

Acabo de leer el siguiente artículo y, ante la posible confusión y, desde mi indignación quiero expresar las siguientes ideas:

Artículo sobre el que hago el comentario (acosenjo leerlo antes de seguir)

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Bueno, el autor, al que sigo frecuentemente, hoy, a mi parecer, ha estado más que desafortunado tanto con el título como con el contenido de este artículo.

Como siempre hace interesantes artículos (y compartimos la misma opinión en la gran mayoría de las veces) no expondré ironía, ni sarcasmos ni afilaré la lengua porque para nada deseo una discusión. Pero la indignación que he sentido debo expresarla. Alguna vez debíamos no estar de acuerdo... o a lo mejor es que malinterpreto el sentido de la lectura... no obstante quiero expresar mi opinión:

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1º- Dice: "Algo que no suele mencionarse en los medios de comunicación de masas y que se evita tratar en las facultades de psicología. Me refiero a que la psicología, en gran parte, no es una ciencia."

RESPUESTA: en la Facultad de Psicología no se "dice" que parte de la formación no es científica porque justamente no tiene cabida en la programación nada que no sea científico (de ahí que los Departamentos de investigación son los encargados de la docencia y no se puede ejercer como tal a no ser que seas doctor). Con lo dicho, el comentario 1º es gratuito e infundado. Muy llamativo y comercial, sin duda con polémica, pero debería prevalecer el escepticismo.

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2º- Dice: "un porcentaje elevado de la psicología que podemos leer en sesudos libros escritos por no menos sesudos intelectuales (en su mayoría manejando un lenguaje ciertamente hermético), tiene tanto valor científico y real como una de esas predicciones astrológicas"

RESPUESTA: Bueno a ver, aquí estamos metiendo en el mismo saco a libros de profesionales contrastados y a pseudocientíficos, periodistas que van de psicólogos, a Eduard Punset (que también va de Psicólogo últimamente, lo que no hace que no valore inmensamente todo su trabajo de divulgación... admirable sin dudas), a Bucay (que ya le retiraron un libro por plagio)...y un sinfín de charlatanes.

Aquí el problema está, no en que lo que falla es la Psicología sino que el público en general es bastante incapaz de juzgar y diferenciar entre libros de base científica y psicología del baratillo, new age y recopilaciones de trucos y consejos (por una obvia falta de formación que, reclamo desde aquí, debería haber en escuelas e institutos). Así podía yo hacer una lista inmensa de estos y me indigna ir a librerías y ver a todos en el mismo saco, sobretodo en los "carrefures"

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3º- Dice: "¿La psicología ha asumido parcelas de la religión?"

RESPUESTA: Venga Sergio, no jodas... tú que sabes del tema. En cualquier caso la Psicología explicaría la religión. Pero entiendo que, por eso mismo la sustituye en su "supuesto" campo del conocimiento. ¿Que ahora podemos ir al psicólogo en vez de a un confesor? Claro, pero eso no hace a la psicología una religión como la medicina no es la nueva brujería, sino la medicina y punto.

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4º- Dice: "Y en Falacias de la psicología, su autor, Rolf Degen, pretende enumerarnos un buen puñado de ellas"

RESPUESTA: Bien, las expuestas son bien conocidas para quien es Psicólogo. Pero comprendo que sean "sorprendentes" para los legos. No obstante no son falacias puesto que no son afirmaciones de la Psicología sino más bien variables que hay que tener en cuenta. La Psicología, como ciencia, ha debido quitar mucha paja para llegar a encontrar principios universales y válidos. Y posiblemente ese es el tema del libro.

Y ya puestos recomiendo (con permiso) a lectores y al propio autor otro libro de crítica al "establishment" de la Psicología oficial (en algunas ramas)... un libro titulado "La invención de trastornos mentales" de Héctor González Pardo , y Marino Pérez Álvarez (2007) que, sin duda, será del agrado del autor del artículo. Escrito éste, por emientes psicólogos científicos (especialmente Marino Pérez).

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5º- Dice: "Aunque esa verdad, tal y como Andrea Abele-Brehm, psicóloga de la Universidad de Nuremberg, les quite el trabajo: "Si la gente llegase a enterarse de lo que hacen realmente los psicólogos, dejarían de tenernos ningún respeto."

RESPUESTA: De nuevo aquí metemos a todos en el mismo saco. Como en todas la profesiones, hay buenos y malos, bien y mal formados, buenas y malas personas, honestos y estafadores. Afortunadamente la Psicología es la principal interesada en controlar la calidad de los profesionales por eso la formación académica en las facultades es de una calidad superior, existen gran números de postgrados de especialización, es una de las ciencias que más ha avanzado (o la que más) y disponemos de un Colegio Oficial por el que cualquier profesional dedicado a la Psicología debe estar colegiado. Además disponemos de profesionales en la sanidad pública (pocos aun a pesar de la gran demanda) que deben hacer un curso de especialización de 4 años y luego aprobar unas oposiciones. Además no hablo ya de los psicólogos en los centros educativos, juzgados, policía y cuerpos de seguridad, recursos humanos, asociaciones...

En definitiva que esta Andrea Abele-Brehm ha dicho una idiotez increíble. Que haya estafadores en una ciencia no convierte en estafa a esa ciencia. En cualquier caso son la excepción que confirma la regla.

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6º- Por último, me gustaría recordar al lector, que tiene grandes lecturas de divulgación científica en Psicología (Steven Pinker, Martin Seligman, Marc Hauser, Martin Gardner, etc… y la gran mayoría de manuales de las materias de las asignaturas de la carrera, muy amenos, rigurosos y asequibles.) Pero claro, si luego vamos a la librería del Corte Inglés, el “carrefú” y otros grandes centros comerciales pues pasa lo que pasa.

Un consejo (con permiso): si quieren buscar buenos libros de Psicología (de calidad, científica y amena) vayan a una librería especializada (o la biblioteca de la facultad, ¿por qué no?) o simplemente a una buena librería donde no vean ustedes “sospechosamente” mezclados libros de verdad y mierda comercial aprovechando el prestigio que se ha ganado la Psicología en todos estos años.

Saludos.

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Las raíces cerebrales de la religión (nuevos avances científicos)

Artículo de Rosa M. Tristán (14/04/2009)
Diario El Mundo   http://www.elmundo.es/elmundo/2009/04/08/ciencia/1239220251.html

¿Qué le ocurrió a aquel antepasado humano que comenzó a creer en los dioses? ¿Por qué nuestra especie tiene esa especial tendencia a la fe religiosa? La ciencia, especialmente la neurología, ha entrado de lleno en la búsqueda de respuestas dentro del cerebro, que por el momento son muy complejas.

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Mucho se ha avanzado desde que el anatomista Franz Gall, a principios del siglo XIX, dijera que había encontrado el órgano de Dios en el cuerpo, lo que le valió la condenación eterna. Ahora, muchos investigadores prestigiosos están convencidos de que las redes neuronales están detrás de esa tendencia a la espiritualidad, que es innata y que se ha repetido en todas la culturas y civilizaciones.
Si hace unos años, el biólogo americano Dean Hamer aseguraba haber hallado el gen de Dios, ahora investigadores del Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos en Bethesda (EEUU) han revelado las zonas del cerebro que se activan con la fe religiosa, que son las mismas que los humanos empleamos para comprender las emociones, los sentimientos y los pensamientos de los demás.

Este último trabajo, publicado recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Science (PNAS), sitúa el área religiosa en el lóbulo temporal y en el frontal, lo que indicaría, según el neurólogo Jordan Grafman, que juzgamos a Dios utilizando los mismos mecanismos que a otras personas y que, como creencias que se transmiten entre generaciones, entrarían en la memoria, la imaginación y la empatía.

El cerebro creyente

Ahora bien, ¿por qué se cree en algo de lo que no existe constatación? Algunos científicos apuestan por la idea de que el cerebro está organizado para que podamos creer.

Otras hipótesis defienden que la religión surgió como una adaptación evolutiva que hizo que los genes que la facilitaban se transmitieran y prosperaran: habría ayudado a formar grupos sociales cohesionados y a proporcionar consuelo en las desgracias. Así lo cree el psiquiatra Francisco J. Rubia, autor del libro 'La conexión divina'.

«El origen de la espiritualidad, que no de Dios, fue multifactorial. Influyeron los sueños, en los que el individuo viajaba sin mover el cuerpo, dando lugar a la idea del alma, y también la predisposición a la dualidad, porque el cerebro está organizado para ver el contraste, como es la luz y la oscuridad, lo finito y lo eterno, lo real y lo imaginario. Todo ello unía al grupo», argumenta.

Sin embargo, algunos antropólogos, como Scott Atran, de Michigan, consideran que «religiones que hablan de paraísos tras la muerte no hacen mucho por la supervivencia en el aquí y ahora».

Paul Bloom, psicólogo de Yale, busca la explicación fisiológica. Argumenta que el cerebro tiene dos sistemas cognoscitivos: uno se encarga de las cosas vivas y otro de las muertas, uno se ocupa de la mente y otra de los aspectos físicos (el dualismo del que habla Rubia). Sería la explicación de por qué abandonamos el cuerpo en los sueños o en proyecciones astrales. Es la misma dualidad que prepara al cerebro para conceptos como la eternidad, la vida después de la muerte. Y añade que pensar en experiencias al margen del cuerpo, espirituales, «está a un paso de la creación de los dioses».

La búsqueda de causas

Pero, ¿bastan esos dioses para dar lugar a la religión? Deborah Kelemen, de la Universidad de Arizona, añade a este cóctel el sentido de la causa-efecto, es decir, buscar un propósito o un diseño para todo, algo que surgió por mera supervivencia (un ruido puede ser un depredador) y que el cerebro extrapola a lo demás: todo tiene un porqué.

«La religión es un artefacto ineludible del cableado de nuestro cerebro», asegura Bloom en la revista 'New Scientist'. Incluso los ateos y agnósticos tendrían tendencia a pensar en lo sobrenatural. Según Rubia, en estos casos la espiritualidad innata se deriva hacia otras cuestiones, como la naturaleza. «Siempre se buscará porque produce endorfinas, y por tanto placer, pero las experiencias místicas pueden no ser religiosas», asegura.

De hecho, Atran lo llama «la tragedia de la cognición»: «Los seres humanos pueden anticipar el futuro y concebir su propia muerte. Cuando los procesos naturales del cerebro nos dan una salida, la cogemos, claro», argumenta.


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhYDTQXv9gcP0ZiodPcbV3mVLVDh7KO7e8SM0hSoVvvcTpYo30WqX52ayAcTxBMmRbFqKEtblqv1DRFvhA13GW3VU6UlhyphenhyphencCWisnc59DZ5STngCa78j2wgu_23N0V8pXx7nIWW7imtUUAcz/s400/God+brain.jpg

Luego, ¿la religión es un subproducto de la evolución del cerebro humano o fue seleccionada para la supervivencia del grupo? El evolucionista Richard Dawkins considera correctas ambas premisas. Por un lado estaría el adoctrinamiento que se recibe del grupo, y que se acepta para no ser rechazado, pero por otro la predisposición cerebral a creer en seres invisibles, que se concretan en los de los padres.

La relación religión y cerebro va, incluso, más lejos. El psiquiatra español Rubia recuerda que hay una epilepsia que afecta al lóbulo temporal y activa la religiosidad por una descarga de neuronas. «Los chamanes eran personas que entraban en éxtasis y algunos sufrían esa enfermedad. Desde antiguo eran quienes hablaban con los muertos y curaban, seguramente por poderes psicosomáticos más que otra cosa».

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Artículo: Indisciplina, ¡Sálvese quien pueda!

Posted by Daniel on 21:47 in , , ,




N.º 41
JUNIO 2006
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INDISCIPLINA: ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!




N
i en la LOGSE ni en la LOE queda expuesta alusión alguna a la disciplina como parte fundamental, como medio y como resultado de la educación del alumno en su proceso de convertirse en persona. Esto es un error inmenso y parece que ni se sospecha su ausencia (lo que es peor).





Las diferentes instituciones no llegan a un acuerdo sobre cómo orientar el sistema educativo y parece que nadie asume el papel que le toca. La víctima: el joven.


La disciplina no debería tener connotaciones negativas, como más de uno podría pensar, sino que es, por parte del educador, un recurso importantísimo de metodología pedagógica y, por parte del educando, un deseable fin: la autodisciplina. La disciplina no es la pérdida de libertad para cumplir con los deseos de la autoridad. En realidad, es un medio para potenciar el aprendizaje y para hacernos realmente libres, pues aquel que tiene autodisciplina se puede liberar de esclavitudes como el capricho, la pereza o el conformismo; tiene en su mano un poder de valor incalculable: hacer lo que se propone, cumplir sus ilusiones, ir en busca de sus deseos y, este camino, desde luego, hace de la persona un ser satisfecho de sí mismo, más feliz.
De esta manera, tenemos dos formas de entender la disciplina: la primera es el recurso que puede aplicar el educador y que permite hacer más provechoso el aprendizaje del alumno en su periodo formativo (desde la Educación Primaria hasta donde tenga la fortuna de llegar) y la segunda la asimilación de la propia disciplina por parte del alumno, que la podemos llamar autodisciplina. Hablemos de la primera forma: la disciplina aplicada por el educador.

Qué es la disciplina aplicada por el educador
Tal vez, lo primero sería aclarar que educador es aquella persona (significativa en la educación del alumno) que, a través de su comportamiento (incluido lo que dice), transforma la experiencia de otra persona, la guía y la orienta. Así, un educador no sólo es el maestro o el profesor, sino también lo son, en gran medida, los padres y/o tutores del alumno; dejaremos otras influencias en la formación del alumno para otra ocasión (amigos, televisión, etcétera). Son, entonces, estas dos instituciones (educadores públicos y padres) los encargados de aplicar la disciplina como parte indispensable de la educación de nuestros hijos.
Aplicar la disciplina es, en líneas generales, proponer unos objetivos (límites mínimos) que hay que cumplir (por convención, necesidad o por ley); luego, marcar una serie de normas para su consecución y, a la vez, hacer una supervisión de su cumplimiento. Algunos ejemplos de disciplina son las normas que se ponen en casa (la hora de comer, de llegar a casa, horario de estudio, ducharse o hacerse la cama, etc.). Valga como ejemplo el caso siguiente: 1.- Límite/objetivo: que nuestro hijo tenga un hábito responsable sobre el horario de salidas, de dormir y levantarse temprano; 2.- Normas: Antes de las 20:30 hay que estar en casa; 3.- Supervisión (aquí es donde se comete la mayor parte de errores): aplicar consecuencias lógicas por incumplimiento de la norma o premiar, si es el caso, su cumplimiento.
Otro ejemplo de aplicación de disciplina es el cumplimiento de las normas de comportamiento (en su mayoría implícitas) que han de darse dentro de un aula. Hablemos de esta última.

Por qué hay indisciplina en el aula
Podría pensarse que las causas son complejas, pero, créanme, la educación que han recibido en sus hogares, añadiendo la falta de consecuencias lógicas (negativas, claro) para el alumno cuando supera los límites del civismo y (en el aula) los limitados recursos de los que dispone el profesor para resolver estos conflictos, son las causas por las que se mantendrá el problema de la indisciplina.




Todos piensan más en sus propios intereses que en la propia educación. Educar necesita de muchos recursos e implicación. ¿Aceptará cada parte su responsabilidad o seguiremos lanzando balones fuera?



Actualmente hay mucha confusión y desconocimiento acerca del tema de la disciplina. Por una parte, todos estamos de acuerdo con que la disciplina se ha perdido en gran medida en nuestros jóvenes y que sería deseable aplicarla frecuentemente y con convicción. Pero, por otra parte, todos evitan llevar esto a cabo: los padres dicen que eso es cosa de los profesores y éstos, por su parte, que es cosa de los padres. Entonces, todos se unen para echar las culpas al Gobierno del Estado por sus nefastas leyes educativas... y así va pasando el tiempo y nuestros jóvenes crecen en el más absoluto caos hedonista y superfluo ("en río revuelto..."), convertidos en unos caprichosos maleducados, inmaduros e irresponsables, vampiros de los derechos e ignorantes de los deberes. Así de claro.

¡Sálvese quien pueda!
¡Y qué bien se siente uno echándoles la culpa de todo a los jóvenes! Pero no nos engañemos: los irresponsables son quienes, viendo esto, no hacen nada por arreglarlo. Los jóvenes son lo que hemos hecho de ellos, queramos admitirlo o no. Y no es que ésa fuera nuestra intención, no. Nosotros no hacemos las leyes, tampoco animamos a los jóvenes a levantar la voz al profesor en clase, ni programamos lo que se proyecta por televisión... pero sí somos quienes, poniéndonos mil excusas, los dejamos solos para luego quejarnos de ellos. La dejadez y el desinterés, el egoísmo, el «arréglatelas tú», el «yo voy a lo mío», el «no es mi responsabilidad» o «no tengo tiempo», el «es tu deber» y otras actitudes más es lo que ellos han aprendido de nosotros, los responsables de su educación. Y somos incapaces de reconocernos en ellos porque eso es demasiado duro. Estos jóvenes han aprendido bien y, como es natural, nos han superado con creces, como nosotros nos superamos generación tras generación. Lo fácil que es ver la paja en el ojo ajeno...
Diría algo más: aplicar la disciplina en la educación es muy difícil, por eso que nadie quiera asumir su responsabilidad, que nadie quiera hacerse cargo de ella. Se necesita de una formación específica, no especialmente larga ni complicada, pero que pocos tienen. Por esto considero fundamental la formación de los educadores (padres y profesores) en este recurso pedagógico (la disciplina) y su inclusión en la Ley Orgánica de Educación como pilar de la metodología pedagógica. Si nadie se mueve, que nadie se queje. Quienes podemos hacer algo miramos hacia otro lado o buscamos a alguien indefenso a quien echarle la culpa.





Nos quejamos de la generación de la televisión, pero ¿quién, si no, los ha acompañado cuando estaban solos?


Que cada cual se haga cargo de su deber como educador, con aviso especial para los padres. Educar a los hijos requiere necesariamente de tiempo, paciencia y mucho amor (atención sincera hacia nuestros hijos). Así que los niños deben ser educados, primordialmente, por sus padres, para que en las escuelas se les dé luego una formación cultural y profesional por parte de maestros y profesores, que también educan, pero que no deben asumir la responsabilidad que corresponde a los padres. Convertir a los niños en personas educadas y responsables no es tarea fundamental de los profesores, sino de los padres. La falta de disciplina no es la causa de los problemas, sino el resultado de una mala educación.

Educar a los padres para educar a los hijos
Los padres tienen hijos porque pueden, no porque puedan o sepan educarlos. Y esto seguirá siendo así durante mucho tiempo, creo. De esta manera, habría que buscar el modo de formar a los padres (como educadores fundamentales) en la ineludible responsabilidad que tienen hacia sus hijos. ¿Esto es posible? Podría serlo, pero ¿quién, cuándo y cómo se va a llevar esto a cabo? Me intriga saber cuál será la solución que se le va a dar a esta problemática social que crece por días. Probablemente los resultados los veamos en el decurso de unos años: cinco, diez... no sabría decirles. ¿Será alguien capaz de coger al toro por los cuernos?



PARA SABER MÁS:
ÁLAVA REYES, M. J. (2002): El NO también ayuda a crecer: cómo superar momentos difíciles de los hijos y favorecer su educación. Ed. La esfera de los libros, Madrid.
GOLEMAN, D. (1998): Inteligencia emocional. Ed. Cairos, Barcelona.
SAVATER, F. (2004): El valor de educar. Ed. Ariel, Barcelona.








GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 41. Junio 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006


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Artículo: Una sociedad de postadolescentes y preadultos

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N.º 55
MAYO-JUNIO 2008
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Una sociedad de postadolescentes y preadultos




“La juventud, pronta en temperamento, es débil de juicio.”
HOMERO


C
ualquiera de nosotros conoce o ha conocido a personas de trato especialmente complicado. Cuando esa persona no forma una parte importante de nuestra vida, basta con despreocuparse, pero si es nuestro hijo, marido, esposa, hermana, padre, jefe, novia... esto se puede convertir en un serio problema.






El caso paradigmático de persona de trato difícil o ‘personalidad imposible’ lo constituyen aquellas que pasan por un periodo evolutivo complicado: la adolescencia. Incluiríamos aquí a los preadolescentes (de 11 a 14 años aproximadamente), los propios adolescentes (15-18) y los, llamémosles así, postadolescentes, es decir, aquellos otros que viven ese periodo de nuestra vida que podría ir desde los 18 años hasta el infinito, por aquello de que la madurez no es cosa solamente de la edad. De cualquier manera, yo consideraría la edad de 22 años como el fin de la adolescencia, si bien esta datación sólo sería aplicable a sujetos que viven en una sociedad occidentalizada como la que vivimos, pues la edad que establecemos para la adolescencia no es un hecho universal.
En la actualidad, da la sensación de que vivimos en una sociedad llena de postadolescentes, y no afirmo ahora esto para referirme a la edad media de los españoles desde el punto de vista cronológico, sino a la actitud que tomamos ante la vida. En efecto; en nuestra sociedad, resulta ya un hecho innegable que las personas están adquiriendo, lenta pero firmemente, hábitos de comportamiento, actitudes e ideales propios de los adolescentes.
No hay más que ver un rato la televisión para percatarse de la notabilísima influencia que ejerce este medio de comunicación en todos nosotros y de que hace las veces de patrón y modelo de toda nuestra prole. Programas televisivos como los que pretenden resolver problemas de salud o enfrentamientos familiares son tan ridículos como la serie de dibujitos animados, convertida en cuidadora gratuita e impagable para tener a los nenes sujetos, entretenidos y calladitos mientras los padres salen a cenar a un conocido restaurante. Así nos va.
Pero, ¿cuáles son las características psicológicas básicas que definen la crisis adolescente? Los adolescentes sufren procesos de cambios físicos que muchos conocemos, pero los cambios psicológicos (emocionales y conductuales) no se reconocen normalmente, y se acostumbra a atribuirlos al 'pavo', a la falta de respeto, a la educación, etcétera. En definitiva, todos decimos que es una ‘edad difícil’, pero la verdad es que no sabemos por qué ni en qué sentido.
Para aclarar en qué consisten los cambios psicológicos normales en la adolescencia (y su relación con lo que he venido a llamar ‘postadolescencia’), creo pertinente proponer el siguiente resumen:
a) Egocentrismo: Lo podemos notar fácilmente cuando los chavales empiezan a dar un uso privado al baño, por las horas que dedica a verse en el espejo, la importancia excesiva que empieza a dar a su físico (esto es, a la apariencia en general), querer estar constantemente perfectos, aunque su visión de la estética no tenga nada que ver con la nuestra.




"Los adolescentes sufren procesos de cambios físicos que muchos conocemos, pero los cambios psicológicos (emocionales y conductuales) no se reconocen normalmente, y se acostumbra a atribuirlos al 'pavo', a la falta de respeto, a la educación, etcétera."



Así, el culto a la imagen (con ello, al cuerpo) es una de las ambiciones de esta sociedad postadolescente. Es indudable que cuidarse es imprescindible y tener una imagen satisfactoria de uno mismo es importante para hacer una valoración positiva de nosotros mismos. Ahora bien, que la imagen sea la base de nuestra personalidad y el sentido de nuestra existencia es la mejor forma de forjar bellos idiotas a base de cremas antienvejecimiento (que se aplican las chicas desde ¡los quince años!) y dietas de gurús de la nutrición. No hablemos ya del negocio que se ha montado en torno a todo tipo de cirugía que practican los ‘traficantes plásticos’ (médicos sin escrúpulos que aprovechan el notable desequilibrio emocional del paciente en su propio beneficio... económico, evidentemente). Y es que, claro, con dinero en el bolsillo, ¿para qué preocuparse por comer sano y hacer ejercicio...? Lo más directo es hacerse una ‘lipo’ y de cena prepararse un lenguado con crema de cacahuetes.
b) Desarreglos emotivos: En muchas ocasiones, los adolescentes pueden estar absolutamente irritables y, en otras, completamente inexpresivos y desinteresados. La inestabilidad emocional y la incapacidad para hacer una buena gestión de las emociones son una característica típica de los adolescentes, mas no de ellos en exclusiva. Lo que en la adolescencia es algo normal en la edad adulta es un serio problema que puede hacerse crónico (por dejadez propia o de los familiares).
Por su parte, en el que hemos llamado periodo postadolescente, las personas que aún construyen una personalidad madura están expuestas continuamente a la frustración, pues existe un desequilibrio abismal entre sus deseos y lo que realmente pueden conseguir. Quiere ser medico, pero sólo estudia para aprobar; medir 1,80, pero es bajito; tener melenas, pero el pelo comienza a caérsele; adelgazar, pero calma la angustia con barras de pan a palo seco... Existe una sutil pero desgarradora e influyente corriente de deseos insatisfechos en nuestra sociedad que provoca en quienes no saben lo que quieren desarreglos emocionales que inducen a depresiones, matrimonios acelerados, partos IKEA (tal vez me entiendan a lo que me refiero), anorexias y bulimias, niños que se pegan y se graban... y sigan ustedes, que ya sabrán.
c) Crisis de oposición, en cuanto a la necesidad que tienen de autoafirmarse, de formar un “yo” diferente al de sus padres (a los que han estado estrechamente unidos hasta ahora), con necesidad de autonomía, de independencia intelectual y emocional. Y esto por no hablar de su habilidad para convertir toda discusión en una lucha contra el poder opresor y en un canto a la libertad de los oprimidos.






En el postadolescente, lo que ocurre es que esta oposición ante una ‘autoridad’ (paternal, escolar o universitaria, de la norma social en general) se convierte en la tiranía del capricho, donde lo más importante es “lo que yo digo, lo que a mí me gusta y lo que a mí me conviene, sin que nadie tenga derecho a impedírmelo”. Pero si a esto se le une una falta casi total de responsabilidad, de compromiso, de mirar por los demás, lo que tenemos es un monstruo social enfrentado, de principio, a una realidad que, tarde o temprano, aplastará sus inmaduras pretensiones. Los padres incapaces de disciplinar a sus hijos miran hacia otro lado o culpan a otros (a sus hijos, profesores, la televisión... o lo que sea).
Sin educación ni disciplina (esto es, sin una madurez integral), el adulto no es más que un postadolescente. En los adolescentes es esperable que se den muchas contradicciones y desarreglos, pero en los adultos es, como digo, un grave problema social, familiar y personal. La angustia, la depresión, la irritabilidad, el ir contra las normas, etcétera, pueden volverse algo patológico cuando se está fuera de control, cuando se sufre por ello o se hace sufrir a los demás, cuando ese estilo de vida está tan arraigado en nosotros que nos condiciona completamente. No superar la adolescencia (en su sentido madurativo intelectual) sólo conduce a unas devastadoras consecuencias a todos los niveles imaginables.
Tristemente, no hay más que salir a la calle (¡qué digo a la calle; mire usted a su alrededor!) y comprobar cómo una gran mayoría de las personas con las que tenemos que relacionarnos cumplen, en mayor o menor medida, con las características propias de los postadolescentes.



"No superar la adolescencia (en su sentido madurativo intelectual) sólo conduce a unas devastadoras consecuencias a todos los niveles imaginables."




Las personas (incluyámonos también, ¿por qué no?) suelen pensar básicamente en sí mismas, mostrando poco o ningún compromiso hacia los demás (en lo laboral, familiar, de pareja, en la simple muestra de educación y civismo). Lo admitamos o no, lo ‘primero’ somos nosotros, nuestro placer; volcamos en el vecino la culpa, la responsabilidad de todos los males que sufrimos; buscamos la felicidad en la ausencia de compromisos, en no querer asumir unas mínimas responsabilidades; apuntamos con el dedo más rápido que un pistolero del Far-West, hacemos valer nuestra costosamente adquirida autoridad abusando de quienes dependen de nosotros en cualquier sentido... Nada ni nadie puede exigirnos responsabilidades porque sería un atentado contra nuestra ‘libertad’, valor este devaluado cuando significa sólo estar para las maduras. Muchos ‘dame’ pero pocos ‘toma’. ‘Yo, me, mí, conmigo’ son las palabras básicas del idioma egocentrado, idioma nativo de nuestra sociedad postadolescente.
Si esto lo leyera escrito por otro, me quejaría por el tono aparentemente pesimista, pero, en el fondo, creo que es mi optimismo el que me hace reflexionar tan críticamente. Y lo digo porque tengo la profunda convicción de que, ciertamente, podemos mejorar, y mucho, con no demasiado esfuerzo, pero con voluntad, con valentía, comprometidos con el futuro (y el presente). Debemos empezar por nosotros mismos, dando ejemplo... servir de modelo para no caer en la contradicción de quejarnos sin valorar antes qué actitud tenemos nosotros ante las cosas importantes. A fin de cuentas, ¿para qué la libertad, la cultura, la posición profesional y social si no nos hacemos y hacemos a los demás mejores personas? De buenas intenciones tengo los oídos llenos. ¿Seremos usted y yo, también, unos irritados e incomprendidos postadolescentes?







GIBRALFARO. Revista Digital de Creación Literaria y Humanidades. Año VII. Número 55. Mayo-Junio 2008. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2008.



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Artículo: En torno al concepto de "inteligencia emocional"

Posted by Daniel on 21:41 in , , ,




N.º 45
NOVIEMBRE 2006
10















En torno al concepto de
"inteligencia emocional"


«No somos responsables de las emociones,
pero sí de lo que hacemos con ellas.»
JORGE BUCAY


A
pesar del continuo uso y abuso de la etiqueta “inteligencia emocional”, poca gente sabe de dónde procede tal término y qué es lo que realmente queremos decir cuando aplicamos esa etiqueta. En este breve artículo, inspirado en las investigaciones de Zaccagnini (2006) en tal sentido, intentaremos aclarar un poco el conocimiento de este constructo conceptual.

La historia


Lo que está de moda ahora no son las emociones, que siempre han existido, sino un cambio en la forma de interpretarlas.


Como nos aclara Zaccagnini (2004), los investigadores P. Salovey y J. D. Mayer fueron los primeros en bautizar, en 1990, con el nombre de “inteligencia emocional” al constructo que luego analizaremos con más detalle. Estos autores trabajaban en el contexto de la Psicología Educativa y utilizaron el nombre de inteligencia emocional (IE a partir de ahora) para referirse a un tipo de habilidad de gestión de las emociones que distinguía (en dicha investigación) a niños que, pese a no tener un cociente intelectual (CI) muy elevado, alcanzaban, sin embargo, excelentes niveles de rendimiento académico y de relaciones sociales. Quienes poseían una alta IE, por tanto, tenían un éxito (académico y social) superior a los de otros compañeros de CI más elevado. Dejaba así de asociarse la capacidad intelectual con el éxito (al menos en lo académico y social).
Las investigaciones resolvieron que para tener éxito en el medio escolar, ya no bastaba con tener buenas habilidades cognitivas, como las que miden las clásicas pruebas de CI, sino que se necesitaban habilidades de “gestión emocional” orientadas tanto al manejo de las propias emociones como a las de los demás. De hecho, la importancia que estas habilidades emocionales tenían, finalmente, eran más importantes de cara al expediente que el propio nivel de conocimiento académico. Los mismos autores han seguido trabajando para mejorar esta teoría y el concepto de inteligencia emocional (Mayer y Salovey, en 1997), que se define como “una habilidad de gestión de los estados emocionales que incluye su percepción, comprensión, manejo y utilización constructiva”.
Ya en 1995, Daniel Goleman, un psicólogo y periodista, hace mundialmente famoso el concepto de IE. Publica en ese año un libro titulado, precisamente, Inteligencia emocional. En principio, se trataba de un libro de divulgación en el que el autor reunió datos de muy diversos campos, desde la Neuropsicología a la Psicología del Trabajo, pasando por la Psicología de la Personalidad, la Psicología Infantil y la Psicología Social, entre otras disciplinas, para hablarnos de la importancia del papel de la gestión de las emociones en la eficaz orientación del propio comportamiento en la vida cotidiana. Pero, en poco tiempo, este libro se convirtió en un best-seller de enorme éxito comercial, a pesar de la dificultad de comprensión que presenta la lectura de algunos de sus capítulos.

El abuso y aprovechamiento de la IE
Desde entonces, el uso y el abuso del concepto de inteligencia emocional se ha generalizado tanto en el ámbito académico como en los textos de divulgación psicológica y autoayuda. Sin embargo, en palabras del propio Zaccagnini, “si se analiza toda esa amplia cantidad de textos que utilizan la etiqueta IE en el título y/o en el desarrollo de sus contenidos, comprobaremos que lo único que tienen en común todos ellos es, precisamente, que dicen reivindicar las emociones como algo relevante”, es decir, la mayoría de esos textos se suman a la ‘moda’ de lo emocional, señalando que es importante tener en cuenta los estados emocionales, propios y ajenos, de cara al desarrollo de nuestro comportamiento cotidiano.




Lo realmente importante de la IE es que nos explica cómo la gestión de las emociones está relacionada con la capacidad de orientar eficazmente nuestro comportamiento en la vida cotidiana.


El problema se plantea cuando intentamos averiguar qué es exactamente lo que hay que hacer con las emociones para mejorar nuestra vida, porque entonces nos encontramos con que una gran mayoría de esas propuestas bien no terminan de clarificar qué o cómo se hace eso, o bien proponen ideas que no son nuevas en absoluto, ya que ofrecen modelos anteriores, basados en mecanismos psicológicos no emocionales en los que, eso sí, se ha introducido la etiqueta IE con el fin de actualizarlos.

¿Cuál es entonces la teoría de la que fiarnos?
Sin duda, nos ofrecerán más garantías las propuestas teóricas que partan de las investigaciones que originalmente desarrollaron Salovey y Mayer y que, posteriormente, ha sufrido variaciones y ha recibido aportaciones de esos autores y de otros asociados a ellos. Referencias en la literatura española son autores como Fernández-Berrocal y Ramos-Díaz (2004) y Zaccagnini (2004). Ésa será, por tanto, la versión que habrá de considerarse más genuinamente como IE.
En su formulación actual, siguiendo la línea indicada, la IE se plantea como un conjunto de habilidades que nos permiten realizar eficientemente las siguientes tareas:
1. Percibir adecuadamente los estados emocionales, asumiéndolos como tales y expresándolos adecuadamente.
2. Comprender correctamente la naturaleza de esos estados emocionales.
3. Regular esos estados emocionales, impidiendo sus efectos negativos y aprovechando sus aspectos positivos.
4. Ser capaces de hacer lo mismo con los estados emocionales de los que nos rodean.
Una definición, por tanto, para la IE, propuesta por los propios autores originales, es la siguiente: “La IE es un conjunto de habilidades que explican las diferencias individuales en el modo de percibir y comprender nuestras emociones. Más formalmente, es la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento, para comprender emociones y razonar emocionalmente, y, finalmente, la habilidad para regular emociones propias y ajenas” (Mayer y Salovey, 1997; p.10).

Actualidad y relevancia de la inteligencia emocional
A pesar del riesgo que supone estar de moda para quedar desacreditado, el constructo IE es absolutamente innovador y sólido, quizás porque responde a demandas reales del contexto. Como ya se ha argumentado “lo que está de moda ahora no son las emociones, que siempre han existido, ni su importancia en la elaboración del comportamiento, que siempre ha sido reconocida, sino un cambio en la forma de interpretarlas” (Zaccagnini, 2004).
Prácticamente, desde siempre, las emociones han sido asociadas a estados psicológicos negativos que debían ser reprimidos, desfogados, controlados e incluso eliminados. Actualmente se propone dar una nueva perspectiva, un giro copernicano hacia su versión positiva y aprovechar la buena gestión emocional para orientar el comportamiento.
Esta es la razón por la que existe actualmente en Psicología la moda de utilizar las emociones en positivo. Pero tal moda responde a una urgente necesidad de aumentar las capacidades de autocontrol emocional de niños y jóvenes, profesores y padres, los conductores acelerados e impulsivos, dependientes emocionales y sus respectivos maltratadotes... De este modo ha devenido más una demanda social que un fruto del afán innovador academicista.
Por otra parte, cabe señalar que, recientemente, en el campo de la que se ha venido a llamar Psicología Positiva (Seligman, 2000, 2003), ha aparecido un interés orientado en la línea de trabajar la utilidad de las emociones positivas, donde, por fin, parece haber cabida para un estudio serio de la felicidad, en vez de estudiar la infelicidad (clásica investigación en Psiquiatría).

¿Qué importancia tiene la IE en el ámbito académico? ¿Y en nuestra vida en general?




Para tener éxito en el medio escolar, ya no bastaba con tener buenas habilidades cognitivas, sino que se necesitaban habilidades de "gestión emocional" orientadas tanto al manejo de las propias emociones, como al manejo de las emociones de los demás.


Parece fundamental, y hoy más que nunca, el desarrollo de habilidades de la IE en nuestros alumnos para sobrellevar no sólo los contratiempos y la competitividad que desde la formación académica se les exige a nuestros estudiantes, sino también, y más importante si cabe, para tener una vida plena y feliz, a la vez que exitosa, en el ámbito laboral, personal y social.
La formación de estas capacidades emocionales debe estar adscrita al currículo integral del centro para su mejor implementación; ha de estar basada en un modelo de habilidades aprobado por la comunidad científica en el exclusivamente se fomenten estas competencias emocionales y dejen total libertad y creatividad a los alumnos para utilizarlas en el momento y modo adecuado. Desde los centros escolares se puede hacer uso de algunos de los programas comentados en el texto y, tras una adecuada formación previa sobre el tema en cuestión, implicar a todo el personal.
Y cómo no extrapolar esta necesaria formación en IE al ámbito de la docencia universitaria. En Magisterio, podemos formar ya a nuestros alumnos en este importante constructo, que ya ha dejado de ser mera charlatanería para convertirse en una teoría fundamentada, y tener siempre en cuenta que los beneficios de un buen desarrollo de la IE no dejan de ser inestimables para conseguir contrarrestar los efectos perjudiciales de una sociedad en la que se fomentan la inestabilidad, la competencia, y en la que cada día son más frecuentes los trastornos emocionales y las agresiones (físicas o verbales) en los centros educativos.
Recae, en fin, sobre nosotros la responsabilidad de poner empeño y dedicación en renovar y actualizar los programas y fomentar la educación emocional, que es lo que en el momento actual parecen necesitar más los alumnos, sin menospreciar, desde luego, por ello los contenidos fundamentales de su formación e información académicas.



PARA SABER MÁS:




EXTREMERA, N. y FERNÁNDEZ-BERROCAL, P. (2002): Autocontrol emocional. Ed. Arguval, Málaga.
FERNÁNDEZ-BERROCAL, P y RAMOS-DÍAZ, N. S. (2004): Desarrolla tu inteligencia emocional. Ed. Kairós, Barcelona.
FERNÁNDEZ-BERROCAL, P. y RAMOS- DÍAZ, N. (2002): Corazones inteligentes. Ed. Kairós, Barcelona.
GOLEMAN, D. (1995): Inteligencia emocional. Ed. Kairós, Barcelona, 1996.
MARINA, J. A. (2004): La inteligencia fracasada: Teoría y práctica de la estupidez. 7.ª ed., Ed. Anagrama, Barcelona.
ZACCAGNINI J. L. (2004): Qué es inteligencia emocional. La relación entre pensamientos y sentimientos en la vida cotidiana. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid.
ZACCAGNINI J. L. (2006): Usos y abusos de la inteligencia emocional, Infocop, 27.











GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 45. Noviembre 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006


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