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Artículo: Una sociedad de postadolescentes y preadultos

Posted by Daniel on 21:46 in , ,






N.º 55
MAYO-JUNIO 2008
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Una sociedad de postadolescentes y preadultos




“La juventud, pronta en temperamento, es débil de juicio.”
HOMERO


C
ualquiera de nosotros conoce o ha conocido a personas de trato especialmente complicado. Cuando esa persona no forma una parte importante de nuestra vida, basta con despreocuparse, pero si es nuestro hijo, marido, esposa, hermana, padre, jefe, novia... esto se puede convertir en un serio problema.






El caso paradigmático de persona de trato difícil o ‘personalidad imposible’ lo constituyen aquellas que pasan por un periodo evolutivo complicado: la adolescencia. Incluiríamos aquí a los preadolescentes (de 11 a 14 años aproximadamente), los propios adolescentes (15-18) y los, llamémosles así, postadolescentes, es decir, aquellos otros que viven ese periodo de nuestra vida que podría ir desde los 18 años hasta el infinito, por aquello de que la madurez no es cosa solamente de la edad. De cualquier manera, yo consideraría la edad de 22 años como el fin de la adolescencia, si bien esta datación sólo sería aplicable a sujetos que viven en una sociedad occidentalizada como la que vivimos, pues la edad que establecemos para la adolescencia no es un hecho universal.
En la actualidad, da la sensación de que vivimos en una sociedad llena de postadolescentes, y no afirmo ahora esto para referirme a la edad media de los españoles desde el punto de vista cronológico, sino a la actitud que tomamos ante la vida. En efecto; en nuestra sociedad, resulta ya un hecho innegable que las personas están adquiriendo, lenta pero firmemente, hábitos de comportamiento, actitudes e ideales propios de los adolescentes.
No hay más que ver un rato la televisión para percatarse de la notabilísima influencia que ejerce este medio de comunicación en todos nosotros y de que hace las veces de patrón y modelo de toda nuestra prole. Programas televisivos como los que pretenden resolver problemas de salud o enfrentamientos familiares son tan ridículos como la serie de dibujitos animados, convertida en cuidadora gratuita e impagable para tener a los nenes sujetos, entretenidos y calladitos mientras los padres salen a cenar a un conocido restaurante. Así nos va.
Pero, ¿cuáles son las características psicológicas básicas que definen la crisis adolescente? Los adolescentes sufren procesos de cambios físicos que muchos conocemos, pero los cambios psicológicos (emocionales y conductuales) no se reconocen normalmente, y se acostumbra a atribuirlos al 'pavo', a la falta de respeto, a la educación, etcétera. En definitiva, todos decimos que es una ‘edad difícil’, pero la verdad es que no sabemos por qué ni en qué sentido.
Para aclarar en qué consisten los cambios psicológicos normales en la adolescencia (y su relación con lo que he venido a llamar ‘postadolescencia’), creo pertinente proponer el siguiente resumen:
a) Egocentrismo: Lo podemos notar fácilmente cuando los chavales empiezan a dar un uso privado al baño, por las horas que dedica a verse en el espejo, la importancia excesiva que empieza a dar a su físico (esto es, a la apariencia en general), querer estar constantemente perfectos, aunque su visión de la estética no tenga nada que ver con la nuestra.




"Los adolescentes sufren procesos de cambios físicos que muchos conocemos, pero los cambios psicológicos (emocionales y conductuales) no se reconocen normalmente, y se acostumbra a atribuirlos al 'pavo', a la falta de respeto, a la educación, etcétera."



Así, el culto a la imagen (con ello, al cuerpo) es una de las ambiciones de esta sociedad postadolescente. Es indudable que cuidarse es imprescindible y tener una imagen satisfactoria de uno mismo es importante para hacer una valoración positiva de nosotros mismos. Ahora bien, que la imagen sea la base de nuestra personalidad y el sentido de nuestra existencia es la mejor forma de forjar bellos idiotas a base de cremas antienvejecimiento (que se aplican las chicas desde ¡los quince años!) y dietas de gurús de la nutrición. No hablemos ya del negocio que se ha montado en torno a todo tipo de cirugía que practican los ‘traficantes plásticos’ (médicos sin escrúpulos que aprovechan el notable desequilibrio emocional del paciente en su propio beneficio... económico, evidentemente). Y es que, claro, con dinero en el bolsillo, ¿para qué preocuparse por comer sano y hacer ejercicio...? Lo más directo es hacerse una ‘lipo’ y de cena prepararse un lenguado con crema de cacahuetes.
b) Desarreglos emotivos: En muchas ocasiones, los adolescentes pueden estar absolutamente irritables y, en otras, completamente inexpresivos y desinteresados. La inestabilidad emocional y la incapacidad para hacer una buena gestión de las emociones son una característica típica de los adolescentes, mas no de ellos en exclusiva. Lo que en la adolescencia es algo normal en la edad adulta es un serio problema que puede hacerse crónico (por dejadez propia o de los familiares).
Por su parte, en el que hemos llamado periodo postadolescente, las personas que aún construyen una personalidad madura están expuestas continuamente a la frustración, pues existe un desequilibrio abismal entre sus deseos y lo que realmente pueden conseguir. Quiere ser medico, pero sólo estudia para aprobar; medir 1,80, pero es bajito; tener melenas, pero el pelo comienza a caérsele; adelgazar, pero calma la angustia con barras de pan a palo seco... Existe una sutil pero desgarradora e influyente corriente de deseos insatisfechos en nuestra sociedad que provoca en quienes no saben lo que quieren desarreglos emocionales que inducen a depresiones, matrimonios acelerados, partos IKEA (tal vez me entiendan a lo que me refiero), anorexias y bulimias, niños que se pegan y se graban... y sigan ustedes, que ya sabrán.
c) Crisis de oposición, en cuanto a la necesidad que tienen de autoafirmarse, de formar un “yo” diferente al de sus padres (a los que han estado estrechamente unidos hasta ahora), con necesidad de autonomía, de independencia intelectual y emocional. Y esto por no hablar de su habilidad para convertir toda discusión en una lucha contra el poder opresor y en un canto a la libertad de los oprimidos.






En el postadolescente, lo que ocurre es que esta oposición ante una ‘autoridad’ (paternal, escolar o universitaria, de la norma social en general) se convierte en la tiranía del capricho, donde lo más importante es “lo que yo digo, lo que a mí me gusta y lo que a mí me conviene, sin que nadie tenga derecho a impedírmelo”. Pero si a esto se le une una falta casi total de responsabilidad, de compromiso, de mirar por los demás, lo que tenemos es un monstruo social enfrentado, de principio, a una realidad que, tarde o temprano, aplastará sus inmaduras pretensiones. Los padres incapaces de disciplinar a sus hijos miran hacia otro lado o culpan a otros (a sus hijos, profesores, la televisión... o lo que sea).
Sin educación ni disciplina (esto es, sin una madurez integral), el adulto no es más que un postadolescente. En los adolescentes es esperable que se den muchas contradicciones y desarreglos, pero en los adultos es, como digo, un grave problema social, familiar y personal. La angustia, la depresión, la irritabilidad, el ir contra las normas, etcétera, pueden volverse algo patológico cuando se está fuera de control, cuando se sufre por ello o se hace sufrir a los demás, cuando ese estilo de vida está tan arraigado en nosotros que nos condiciona completamente. No superar la adolescencia (en su sentido madurativo intelectual) sólo conduce a unas devastadoras consecuencias a todos los niveles imaginables.
Tristemente, no hay más que salir a la calle (¡qué digo a la calle; mire usted a su alrededor!) y comprobar cómo una gran mayoría de las personas con las que tenemos que relacionarnos cumplen, en mayor o menor medida, con las características propias de los postadolescentes.



"No superar la adolescencia (en su sentido madurativo intelectual) sólo conduce a unas devastadoras consecuencias a todos los niveles imaginables."




Las personas (incluyámonos también, ¿por qué no?) suelen pensar básicamente en sí mismas, mostrando poco o ningún compromiso hacia los demás (en lo laboral, familiar, de pareja, en la simple muestra de educación y civismo). Lo admitamos o no, lo ‘primero’ somos nosotros, nuestro placer; volcamos en el vecino la culpa, la responsabilidad de todos los males que sufrimos; buscamos la felicidad en la ausencia de compromisos, en no querer asumir unas mínimas responsabilidades; apuntamos con el dedo más rápido que un pistolero del Far-West, hacemos valer nuestra costosamente adquirida autoridad abusando de quienes dependen de nosotros en cualquier sentido... Nada ni nadie puede exigirnos responsabilidades porque sería un atentado contra nuestra ‘libertad’, valor este devaluado cuando significa sólo estar para las maduras. Muchos ‘dame’ pero pocos ‘toma’. ‘Yo, me, mí, conmigo’ son las palabras básicas del idioma egocentrado, idioma nativo de nuestra sociedad postadolescente.
Si esto lo leyera escrito por otro, me quejaría por el tono aparentemente pesimista, pero, en el fondo, creo que es mi optimismo el que me hace reflexionar tan críticamente. Y lo digo porque tengo la profunda convicción de que, ciertamente, podemos mejorar, y mucho, con no demasiado esfuerzo, pero con voluntad, con valentía, comprometidos con el futuro (y el presente). Debemos empezar por nosotros mismos, dando ejemplo... servir de modelo para no caer en la contradicción de quejarnos sin valorar antes qué actitud tenemos nosotros ante las cosas importantes. A fin de cuentas, ¿para qué la libertad, la cultura, la posición profesional y social si no nos hacemos y hacemos a los demás mejores personas? De buenas intenciones tengo los oídos llenos. ¿Seremos usted y yo, también, unos irritados e incomprendidos postadolescentes?







GIBRALFARO. Revista Digital de Creación Literaria y Humanidades. Año VII. Número 55. Mayo-Junio 2008. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2008.



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