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Artículo: Indisciplina, ¡Sálvese quien pueda!

Posted by Daniel on 21:47 in , , ,




N.º 41
JUNIO 2006
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INDISCIPLINA: ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!




N
i en la LOGSE ni en la LOE queda expuesta alusión alguna a la disciplina como parte fundamental, como medio y como resultado de la educación del alumno en su proceso de convertirse en persona. Esto es un error inmenso y parece que ni se sospecha su ausencia (lo que es peor).





Las diferentes instituciones no llegan a un acuerdo sobre cómo orientar el sistema educativo y parece que nadie asume el papel que le toca. La víctima: el joven.


La disciplina no debería tener connotaciones negativas, como más de uno podría pensar, sino que es, por parte del educador, un recurso importantísimo de metodología pedagógica y, por parte del educando, un deseable fin: la autodisciplina. La disciplina no es la pérdida de libertad para cumplir con los deseos de la autoridad. En realidad, es un medio para potenciar el aprendizaje y para hacernos realmente libres, pues aquel que tiene autodisciplina se puede liberar de esclavitudes como el capricho, la pereza o el conformismo; tiene en su mano un poder de valor incalculable: hacer lo que se propone, cumplir sus ilusiones, ir en busca de sus deseos y, este camino, desde luego, hace de la persona un ser satisfecho de sí mismo, más feliz.
De esta manera, tenemos dos formas de entender la disciplina: la primera es el recurso que puede aplicar el educador y que permite hacer más provechoso el aprendizaje del alumno en su periodo formativo (desde la Educación Primaria hasta donde tenga la fortuna de llegar) y la segunda la asimilación de la propia disciplina por parte del alumno, que la podemos llamar autodisciplina. Hablemos de la primera forma: la disciplina aplicada por el educador.

Qué es la disciplina aplicada por el educador
Tal vez, lo primero sería aclarar que educador es aquella persona (significativa en la educación del alumno) que, a través de su comportamiento (incluido lo que dice), transforma la experiencia de otra persona, la guía y la orienta. Así, un educador no sólo es el maestro o el profesor, sino también lo son, en gran medida, los padres y/o tutores del alumno; dejaremos otras influencias en la formación del alumno para otra ocasión (amigos, televisión, etcétera). Son, entonces, estas dos instituciones (educadores públicos y padres) los encargados de aplicar la disciplina como parte indispensable de la educación de nuestros hijos.
Aplicar la disciplina es, en líneas generales, proponer unos objetivos (límites mínimos) que hay que cumplir (por convención, necesidad o por ley); luego, marcar una serie de normas para su consecución y, a la vez, hacer una supervisión de su cumplimiento. Algunos ejemplos de disciplina son las normas que se ponen en casa (la hora de comer, de llegar a casa, horario de estudio, ducharse o hacerse la cama, etc.). Valga como ejemplo el caso siguiente: 1.- Límite/objetivo: que nuestro hijo tenga un hábito responsable sobre el horario de salidas, de dormir y levantarse temprano; 2.- Normas: Antes de las 20:30 hay que estar en casa; 3.- Supervisión (aquí es donde se comete la mayor parte de errores): aplicar consecuencias lógicas por incumplimiento de la norma o premiar, si es el caso, su cumplimiento.
Otro ejemplo de aplicación de disciplina es el cumplimiento de las normas de comportamiento (en su mayoría implícitas) que han de darse dentro de un aula. Hablemos de esta última.

Por qué hay indisciplina en el aula
Podría pensarse que las causas son complejas, pero, créanme, la educación que han recibido en sus hogares, añadiendo la falta de consecuencias lógicas (negativas, claro) para el alumno cuando supera los límites del civismo y (en el aula) los limitados recursos de los que dispone el profesor para resolver estos conflictos, son las causas por las que se mantendrá el problema de la indisciplina.




Todos piensan más en sus propios intereses que en la propia educación. Educar necesita de muchos recursos e implicación. ¿Aceptará cada parte su responsabilidad o seguiremos lanzando balones fuera?



Actualmente hay mucha confusión y desconocimiento acerca del tema de la disciplina. Por una parte, todos estamos de acuerdo con que la disciplina se ha perdido en gran medida en nuestros jóvenes y que sería deseable aplicarla frecuentemente y con convicción. Pero, por otra parte, todos evitan llevar esto a cabo: los padres dicen que eso es cosa de los profesores y éstos, por su parte, que es cosa de los padres. Entonces, todos se unen para echar las culpas al Gobierno del Estado por sus nefastas leyes educativas... y así va pasando el tiempo y nuestros jóvenes crecen en el más absoluto caos hedonista y superfluo ("en río revuelto..."), convertidos en unos caprichosos maleducados, inmaduros e irresponsables, vampiros de los derechos e ignorantes de los deberes. Así de claro.

¡Sálvese quien pueda!
¡Y qué bien se siente uno echándoles la culpa de todo a los jóvenes! Pero no nos engañemos: los irresponsables son quienes, viendo esto, no hacen nada por arreglarlo. Los jóvenes son lo que hemos hecho de ellos, queramos admitirlo o no. Y no es que ésa fuera nuestra intención, no. Nosotros no hacemos las leyes, tampoco animamos a los jóvenes a levantar la voz al profesor en clase, ni programamos lo que se proyecta por televisión... pero sí somos quienes, poniéndonos mil excusas, los dejamos solos para luego quejarnos de ellos. La dejadez y el desinterés, el egoísmo, el «arréglatelas tú», el «yo voy a lo mío», el «no es mi responsabilidad» o «no tengo tiempo», el «es tu deber» y otras actitudes más es lo que ellos han aprendido de nosotros, los responsables de su educación. Y somos incapaces de reconocernos en ellos porque eso es demasiado duro. Estos jóvenes han aprendido bien y, como es natural, nos han superado con creces, como nosotros nos superamos generación tras generación. Lo fácil que es ver la paja en el ojo ajeno...
Diría algo más: aplicar la disciplina en la educación es muy difícil, por eso que nadie quiera asumir su responsabilidad, que nadie quiera hacerse cargo de ella. Se necesita de una formación específica, no especialmente larga ni complicada, pero que pocos tienen. Por esto considero fundamental la formación de los educadores (padres y profesores) en este recurso pedagógico (la disciplina) y su inclusión en la Ley Orgánica de Educación como pilar de la metodología pedagógica. Si nadie se mueve, que nadie se queje. Quienes podemos hacer algo miramos hacia otro lado o buscamos a alguien indefenso a quien echarle la culpa.





Nos quejamos de la generación de la televisión, pero ¿quién, si no, los ha acompañado cuando estaban solos?


Que cada cual se haga cargo de su deber como educador, con aviso especial para los padres. Educar a los hijos requiere necesariamente de tiempo, paciencia y mucho amor (atención sincera hacia nuestros hijos). Así que los niños deben ser educados, primordialmente, por sus padres, para que en las escuelas se les dé luego una formación cultural y profesional por parte de maestros y profesores, que también educan, pero que no deben asumir la responsabilidad que corresponde a los padres. Convertir a los niños en personas educadas y responsables no es tarea fundamental de los profesores, sino de los padres. La falta de disciplina no es la causa de los problemas, sino el resultado de una mala educación.

Educar a los padres para educar a los hijos
Los padres tienen hijos porque pueden, no porque puedan o sepan educarlos. Y esto seguirá siendo así durante mucho tiempo, creo. De esta manera, habría que buscar el modo de formar a los padres (como educadores fundamentales) en la ineludible responsabilidad que tienen hacia sus hijos. ¿Esto es posible? Podría serlo, pero ¿quién, cuándo y cómo se va a llevar esto a cabo? Me intriga saber cuál será la solución que se le va a dar a esta problemática social que crece por días. Probablemente los resultados los veamos en el decurso de unos años: cinco, diez... no sabría decirles. ¿Será alguien capaz de coger al toro por los cuernos?



PARA SABER MÁS:
ÁLAVA REYES, M. J. (2002): El NO también ayuda a crecer: cómo superar momentos difíciles de los hijos y favorecer su educación. Ed. La esfera de los libros, Madrid.
GOLEMAN, D. (1998): Inteligencia emocional. Ed. Cairos, Barcelona.
SAVATER, F. (2004): El valor de educar. Ed. Ariel, Barcelona.








GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año V. Número 41. Junio 2006. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2006


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